Panamá: Rumbo a 2026
La selección nacional de fútbol de Panamá, conocida como Los Canaleros, representa una de las historias de éxito más improbables del fútbol moderno. Una nación de apenas cuatro millones y medio de habitantes, durante mucho tiempo considerada un país de béisbol cuyos grandes...
Publicado: June 5, 2026

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# Panamá: El sueño imposible de los Canaleros
La selección panameña de fútbol, conocida como Los Canaleros, representa una de las historias de éxito más improbables del fútbol moderno. Una nación de apenas cuatro millones y medio de habitantes, durante mucho tiempo considerada un país de béisbol cuyos grandes héroes deportivos empuñaban bates en lugar de patear balones, irrumpió en la conciencia futbolística global una noche de octubre de 2017, cuando todo lo que se suponía que debía ocurrir en la eliminatoria de la Concacaf no sucedió. Una nación de apenas cuatro millones y medio de personas, largamente descartada como país beisbolero en una región beisbolera, Panamá irrumpió en la conciencia futbolística mundial con una clasificación al Mundial que desafió todas las expectativas. Mientras Los Canaleros buscan el Mundial de 2026, encarnan la creencia de que las fronteras del fútbol nunca están realmente fijas.
El fútbol llegó a Panamá a principios del siglo XX, traído por las mismas corrientes transnacionales que moldearon la nación. El Canal de Panamá, la maravilla de la ingeniería que define la importancia geopolítica del país, trajo trabajadores, comerciantes y viajeros de todo el mundo — antillanos británicos, europeos, sudamericanos que trajeron balones junto con sus herramientas. El juego echó raíces en la Zona del Canal y en las ciudades portuarias de Colón y Ciudad de Panamá. El béisbol, no el fútbol, era el deporte de la influencia estadounidense, y durante la mayor parte del siglo XX, Panamá fue definida como una nación beisbolera. Rod Carew, el bateador del Salón de la Fama, y Mariano Rivera, el mejor cerrador en la historia de las Grandes Ligas, eran los héroes deportivos del país. El fútbol existía en los márgenes.
La transformación de Panamá comenzó a principios de los años 2000. La Federación Panameña de Fútbol, bajo nuevo liderazgo, invirtió en desarrollo juvenil, formación de entrenadores y profesionalización de la liga doméstica. La Liga Panameña de Fútbol proporcionó una base competitiva. La diáspora amplió la red de captación de talento. Una generación entera maduró junta: Román Torres, el imponente defensa central cuya presencia física y liderazgo emocional definieron la identidad del equipo; Luis Tejada, "El Matador", el prolífico delantero cuyos 43 goles internacionales lo colocaron entre los más letales de la Concacaf; Blas Pérez, el compañero de ataque de Tejada; Gabriel Gómez, el ancla del mediocampo; Jaime Penedo, el arquero cuyos reflejos felinos y 135 partidos lo convirtieron en el jugador con más presencias de Panamá.
La causa inmediata del despegue de Panamá fue el liderazgo de dos entrenadores colombianos. Hernán Darío "Bolillo" Gómez, que ya había llevado a Colombia y Ecuador a Mundiales, inculcó la disciplina táctica y la convicción que históricamente le habían faltado a Panamá. Julio César Dely Valdés, uno de los mejores jugadores panameños de la historia — un delantero que anotó prolíficamente para Cagliari, París Saint-Germain y Málaga — dirigió a la selección y aportó la credibilidad que solo una leyenda genuina puede tener. Su hermano gemelo Jorge y sus sobrinos crearon una dinastía futbolística que atraviesa la historia panameña.
El momento decisivo ocurrió el 10 de octubre de 2017. Panamá llegó a la última jornada de la eliminatoria de la Concacaf necesitando una victoria sobre Costa Rica, combinada con otros resultados, para clasificarse al Mundial de 2018. Estados Unidos, la superpotencia regional, solo necesitaba un empate ante Trinidad y Tobago, el último de la tabla. Panamá se adelantó temprano con gol de Gabriel Torres. Costa Rica empató. El partido entraba en sus minutos finales con el marcador 1-1, un resultado que eliminaría a Panamá. En el minuto 88, Román Torres — el capitán, el corazón emocional — recibió el balón dentro del área costarricense. Su primer toque fue imperfecto. El segundo fue un disparo con la izquierda entre un bosque de piernas. El balón encontró el fondo de la red. El Estadio Rommel Fernández estalló. Simultáneamente, en Trinidad, un autogol y un disparo de larga distancia le dieron a los Soca Warriors una improbable victoria 2-1 sobre Estados Unidos. La combinación llevó a Panamá directamente al Mundial. Estados Unidos se perdió el torneo por primera vez desde 1986. Panamá, la ocurrencia tardía, se iba a Rusia.
El presidente Juan Carlos Varela declaró el 11 de octubre feriado nacional. La celebración fue catártica — no solo un logro deportivo sino una reivindicación colectiva, la prueba de que Panamá podía competir en los escenarios más grandes del mundo.
La campaña del Mundial de 2018 fue, en términos competitivos, una decepción — tres derrotas en fase de grupos. Pero el partido contra Túnez contuvo un momento que trascendió los resultados. En el minuto 78, un balón parado fue enviado al área tunecina. Felipe Baloy, el defensa de 37 años que jugaba su primer y único Mundial al final de una carrera de dos décadas, llegó al segundo palo. Su volea con la derecha se estrelló en el techo de la red — el primer gol anotado por un panameño en un Mundial. Baloy corrió hacia el banderín de esquina, el rostro contraído por una emoción que millones entendieron al instante. La era posterior a 2018 ha sido un período de transición. Los héroes de la clasificación se han retirado o han quedado fuera por edad. El plantel actual — Michael Amir Murillo, Aníbal Godoy, Adalberto Carrasquilla, Édgar Yoel Bárcenas — representa al futbolista panameño moderno: técnicamente dotado y cómodo en entornos de élite. El semillero juvenil muestra promesas. La clasificación de Panamá no fue un hecho aislado sino el comienzo de un desarrollo futbolístico sostenido. El torneo de 2026, expandido a cuarenta y ocho equipos y parcialmente organizado en la Concacaf, representa el próximo capítulo de los Canaleros.
La importancia de 2026 para Panamá va más allá de la oportunidad competitiva. El torneo es coorganizado por Estados Unidos, México y Canadá — naciones de la Concacaf, vecinos regionales de Panamá. El formato expandido incluye plazas adicionales de clasificación para la confederación. La proximidad significa que los aficionados panameños pueden viajar a los partidos en números inimaginables para un torneo en Europa o Asia. La combinación — un torneo expandido, sede regional, una generación de jugadores en maduración — crea las condiciones para que la segunda aparición de Panamá en un Mundial supere a la primera en términos competitivos. La campaña de 2018 trataba sobre la participación, sobre el gol de Felipe Baloy, sobre demostrar que Panamá pertenecía. La campaña de 2026 puede tratar sobre la competencia — sobre ganar un partido, sobre amenazar con clasificar a octavos, sobre establecer que los Canaleros no son meros participantes del Mundial sino competidores del Mundial. La infraestructura está mejorando. El semillero está produciendo. El recuerdo de aquella noche de octubre de 2017, el pie izquierdo de Román Torres y la catarsis de una nación, sigue impulsando el fútbol panameño hacia adelante. Los Canaleros no han terminado de soñar. El Mundial de 2026 es su próximo horizonte.
La pregunta que enfrenta el fútbol panameño es si el despegue de 2018 puede convertirse en competitividad sostenida. El poder emocional de esa primera clasificación — el gol de Román Torres, la volea de Felipe Baloy, el feriado nacional declarado a la mañana siguiente — no se puede replicar. Solo te clasificas a tu primer Mundial una vez. Pero los beneficios competitivos de esa experiencia — el saber que Panamá pertenece a este escenario, la familiaridad con la logística del torneo y la presión, el aprendizaje institucional que viene de la participación — se pueden aprovechar. El formato expandido crea vías adicionales de clasificación. La sede regional reduce las cargas de viaje y aumenta la presencia de aficionados. La generación actual de jugadores ha pasado años en entornos europeos y de la MLS que las generaciones anteriores solo podían observar desde lejos. Los Canaleros no son el mismo equipo que llegó a Rusia en 2018, con los ojos abiertos y abrumado. Son un equipo que ya ha hecho esto antes y cree que puede hacer más. El sueño que se hizo realidad una noche de octubre de 2017 no ha terminado de desarrollarse.

